
Logré resistirme durante el colegio a ser una subordinada más de Internet y sufrir esa adicción o uso compulsivo de la web que ya había consumido a gran parte de mis amigos. Pero todo cambió con el ingreso a la universidad. Esta nueva vida me impuso reglas a las que me resistí a cumplir en un principio y lo que claramente no me duró más de una semana. Todos se conectaban por chat, gmail, hotmail, etc. Fue ahí cuando supe que la costumbre de juntarse con las compañeras, para hacer los trabajos estaba pasada de moda tal como le pasó a Kenzaburo Oé con el fax.
Paulatinamente pasé a formar parte de los esclavos de Internet que debía estar atenta a todos los correos, para saber de las juntas, trabajos y sobre todo, del carrete. En ese preciso momento, comencé a tomarle el gustito a esta cosa que -unos meses atrás- era chino para mí. Comprendí que podía ser un buen instrumento para aliviar las tareas que nos daban, eso sí dándole un uso adecuado y –como lo explicaba José Saramago- teniendo en claro que “es una tecnología que en sí no es ni buena ni mala. Sólo el uso que de ella se haga nos guiará para juzgarla”.
La revolución digital estaba frente a mis ojos, pero a pesar que formaba parte de esa masa esclava, hasta el día de hoy no ha logrado cegar mis actos y absorber mis tiempos libres. Si bien siempre fui reacia a hacerme un twitter, un facebook y un blog y finalmente, por cosas académicas hace unas semanas caí en la trampa, no ha logrado obsesionarme lo suficiente para controlar mí vida y obligarme a publicar lo que hago o dejo de hacer como lo hace la mayoría de mis compañeros en estos sitios.
Lo único que podrían leer de mí son los artículos que – obligada- escribo en este blog. Aunque suene ilógico –porque una futura periodista debería estar consciente que toda la vida van a leer sus notas- siempre me ha dado pudor que lean lo que escribo. No quiero caer en el mismo saco de los que se creen superiores y dioses cuando escriben, y con el poder de internet y la blogósfera puede publicar cualquier cosa sin sentido y piensan que Kant o Gomis son chicos al lado de ellos.